Cap. 03 - Buscar alivio también cansa

La farmacia abre temprano. A esa hora, la luz todavía no decide si quedarse o irse, y el suelo brilla como si acabara de llover, aunque afuera esté seco. Una mujer entra con paso automático. No mira los estantes. Va directo al fondo, donde están las cajas pequeñas, las que prometen alivio rápido. Lee etiquetas sin detenerse demasiado. Reconoce nombres. Los ha visto antes.

En la fila, alguien suspira con fuerza. Otro revisa el móvil. Nadie habla.

La mujer apoya el peso sobre una pierna y luego sobre la otra. No duele nada en particular. Duele todo junto. O tal vez no duele: pesa. Como si el cuerpo llevara días cargando una bolsa que nadie ve.

En otro barrio, un hombre se ata las zapatillas con cuidado exagerado. Ajusta el nudo dos veces. Sale a correr antes de que el día empiece del todo. El aire frío le golpea la cara y, por unos minutos, siente algo parecido al alivio. El ritmo ordena la respiración. Los pensamientos bajan el volumen. Cuando vuelve a casa, el silencio lo espera intacto.

En una mesa de trabajo, alguien subraya frases en un libro. Marca con lápiz. Dobla una esquina. Anota al margen. Ha leído sobre respiración, sobre hábitos, sobre cómo calmar la mente. Todo tiene sentido mientras lo lee. El cuerpo, sin embargo, no se entera.

En la cocina, una taza se enfría a medio tomar. Alguien se queda mirando el vapor desaparecer. Piensa que debería levantarse, hacer algo útil, aprovechar el día. No lo hace. Tampoco descansa.

Buscar alivio se vuelve una tarea más.
Una que ocupa espacio.
Una que se suma a la lista.

Hay alivios que duran lo que dura una canción. Otros, lo que dura una caminata. Algunos se parecen a un descanso breve en medio de algo que no termina de acomodarse. No son inútiles. Pero tampoco alcanzan.

En una sala de espera, alguien cruza las piernas y luego las descruza. Ha probado muchas cosas. No viene desesperada. Viene cansada. Cansada de intentar sin saber exactamente qué está buscando.

Mira un punto fijo en la pared. No espera una solución milagrosa. Tal vez espera algo más simple: dejar de empujar.

En la calle, el semáforo tarda en cambiar. Un hombre se da cuenta de que está apretando los dientes. Afloja la mandíbula. Se sorprende del gesto, como si el cuerpo hubiera actuado solo. Quizá lo ha estado haciendo todo el día.

Buscar alivio sin claridad es gastar energía en un lugar que no responde.

No todo lo que calma sirve para todos.
No todo lo que alivia sostiene.

A veces, el cansancio no viene de lo que duele, sino de lo que se ha intentado una y otra vez sin saber si era eso.

La sala de espera vuelve a aparecer. Las mismas sillas. La misma luz suave. Alguien entra. Alguien sale. El mundo sigue en movimiento, pero aquí adentro el tiempo se comporta distinto.

Una persona apoya la espalda en el respaldo y, por primera vez en días, no hace nada más.

No todo tenía que acomodarse hoy.
Por ahora, podía quedarse ahí.

Y por ahora, no hacía falta entenderlo todo.
Por hoy, es suficiente.

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