Cap. 04 - Vivir lejos no solo duele por lo que dejaste

La ciudad amanece con un ruido distinto cuando no es la tuya. Los camiones pasan temprano, las persianas se levantan con otro ritmo, y el saludo del vecino —si existe— suena aprendido. Hay calles que todavía no reconocen tus pasos. Caminas igual, pero el suelo no responde con memoria.

En una parada de autobús, una mujer revisa el trayecto por tercera vez. Sabe a dónde va. Lo ha hecho antes. Aun así, vuelve a mirar el mapa, como si confirmar el recorrido pudiera calmar algo más hondo que la duda. El viento le mueve el pelo y se lo acomoda detrás de la oreja con un gesto que no sabe a quién pertenece. No es nostalgia pura. Es desajuste.

Un hombre entra a una panadería y señala con el dedo lo que quiere. Pronuncia el nombre del pan con cuidado. La persona detrás del mostrador asiente. Todo sale bien. Aun así, cuando paga, siente ese cansancio pequeño que no se nota: el de haber tenido que pensar cada sílaba. Sale con la bolsa tibia en la mano. El olor es familiar. El lugar, no.

En un piso compartido, alguien coloca fotos sobre una repisa nueva. No las ordena por fechas. Las apoya como caen. Una playa, una mesa larga, una risa congelada en un cumpleaños. Mira la pared blanca y decide no colgar nada todavía. No es indecisión. Es espera.

El mundo sigue funcionando sin dificultad aparente. El transporte llega. Las cuentas se pagan. El idioma se aprende a medias. Desde afuera, todo parece acomodado. Desde adentro, hay un pequeño ruido constante, como una interferencia que no termina de desaparecer.

En una videollamada, una madre pregunta si todo está bien. La respuesta sale automática. “Sí, todo bien”. No es mentira. Tampoco es verdad completa. La imagen se congela un segundo. La conversación sigue. El silencio, también.

Migrar no siempre se parece a una herida abierta. A veces se parece más a una mudanza interna que no termina de ordenarse. Las cajas están en el suelo. Sabes qué hay dentro, pero no sabes dónde ponerlo.

En un supermercado, alguien se queda demasiado tiempo frente a una góndola. No busca un producto. Busca una referencia. Algo que le diga que este lugar también puede ser cotidiano. Toma una marca cualquiera. No importa.

Hay días en que la distancia duele menos. Otros, aparece en gestos mínimos: no saber a quién llamar cuando algo simple se rompe, no tener una historia compartida para explicar un chiste, no reconocer el acento propio en la boca.

El cansancio no viene solo de extrañar. Viene de sostener dos tiempos a la vez. El de antes y el de ahora. El de lo que fue hogar y el de lo que todavía se está volviendo.

En una plaza, alguien se sienta al sol con un café. Observa a los demás. Nadie lo observa de vuelta. No es rechazo. Es anonimato. Por un momento, eso descansa.

Vivir lejos no se acomoda de una vez.
No se supera.
No se cierra.

Se aprende a habitar de a poco, como una casa que todavía huele a pintura fresca.

La tarde cae. Las luces se encienden una a una. La ciudad se vuelve más amable cuando baja el ruido. Una persona camina sin apuro. No porque ya se sienta en casa, sino porque, por hoy, no necesita estarlo.

No todo tenía que sentirse propio todavía.
Podía quedarse en tránsito.

No todo hogar se reconoce de inmediato.
Algunos se construyen mientras se camina.

Y por ahora, podía dejar de empujar.
Eso también era descanso.

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Cap. 03 - Buscar alivio también cansa